Noriega, una vida llena de misterios, sobresaltos y ambiciones desmedidas

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Lo que más me indignó, de la era Noriega, fue la detención, tortura y decapitación del doctor, Hugo Spadafora

No sé cuántos ciudadanos se atrevieron a enfrentar a, Manuel Antonio Noriega, lo que sí puedo asegurar es que este servidor lo hizo desde distintos frentes, sea como profesor universitario, director de la Escuela de Periodismo, como escritor y columnista y como corresponsal de prensa de medios internacionales. Agréguele el papel que desempeñé como uno de los artífices de la campaña de la Alianza Democrática de Oposición Civilista, ADOC, que llevó a la presidencia a, Guillermo Endara Galimany. El ejemplo que muchos recordarán fue aquella frase de “los vamos a ahogar”, la que se pronunció miles de veces en la campaña política de 1989, de la cual fui su creador y promotor.

Durante los años más oscuros de la dictadura, 1985, 86, 87, 88 y 89 me comprometí con lo más íntimo de mi conciencia a luchar por los principios de libertad, justicia y democracia. Eso me llevó a serios enfrentamientos epistolares con los colegas que defendían a los militares a capa y espada. Noriega manchó el uniforme, manchó el apellido de su familia y promovió a Panamá como un sitio de descanso de los narcotraficantes. Sus ambiciones fueron desmedidas y sus ansias de poder iguales.

Lo que más me indignó, de la Era Noriega, fue la detención, tortura y decapitación del doctor, Hugo Spadafora. La forma de actuar de sus esbirros, por aquello de la obediencia debida, terminó de quitarle el velo a la narco dictadura. Spadafora fue detenido en una parada de buses de la ruta, David-Frontera. El sitio exacto, la esquina donde se encuentra la sucursal de la Lotería Nacional, frente al parque de la ciudad de La Concepción. Allí nací y nunca olvidaré la mancha cometida por conciudadanos que ostentan el número cuatro en sus cédulas.

Todavía recuerdo el relato de las monjas de la iglesia católica. El cuartel de policía, donde llevaron a, Spadafora, colindaba con el templo sagrado. “Escuchamos gritos de angustia, de desesperación; en principio pensábamos que se trataba de un loco al que encarcelaban de vez en cuando”, decían las religiosas. Los gritos desgarradores provenían de la garganta adolorida de un, Spadafora, que fue sometido a las torturas más bajas. Y no me cabe duda de ello si comparo aquella escena del 10 de mayo de 1989, en la plaza de, Santa Ana, cuando un herido que yacía en el suelo pedía que lo llevaran a un doctor, mientras que un batallonero le gritaba, “doctor, doctor, dile a Endara que te cure”.

Ellos perdieron la noción de lo que significa la humanidad. El hecho de perpetuarse en el poder a todo costa, los llevaron a poner en práctica aquello de que “el fin justifica los medios. Noriega negoció con los Estados Unidos, para evitar ser juzgado en los tribunales del Norte. De eso puede dar fe, Michael Kozak. El asunto estaba por arreglarse sin más derramamientos de sangre. Noriega prometió retirarse el 12 de agosto de 1988 y los Estados Unidos retirarían las acusaciones que mantenían contra Noriega en dos tribunales federales de Miami por narcotráfico.

¿Qué pasó que lo hizo cambiar? Alguien me informó, que luego del casi acuerdo, cuando el militar llegó al anfiteatro del Cuartel Central, el coro de los miembros del Estado Mayor y civiles del Partido Revolucionario Democrático de “ni un paso atrás” lo llevaron a envalentonarse y echar, “para atrás” la decisión de abandonar el poder. En esa reunión se le dijo que él era la paloma de la paz; que Panamá entraría en una espiral de violencia si dejaba el mando. Lo que no sabía, Noriega, es que quienes lo adulaban lo hacían no tanto por el futuro de él y el país; sino por mantener los privilegios individuales. La salida de Noriega sería como el efecto dominó; muchos también tendrían que abandonar el paraíso de las mal llamadas fuerzas de defensa.

Manuel Antonio Noriega tuvo una vida llena de complejos. De su cara se hacían muchos comentarios. No los replicaré; mi condición de periodista humanista me impiden entrar en los defectos físicos. La historia de cómo llegó a estudiar milicia en Perú es otro pasaje oscuro; sus contactos con Dios y con el diablo, en asuntos de seguridad, quedarán en el anonimato al saber que el hombre se llevó muchas historias a la tumba. ¿Qué pasó realmente con Spafafora; sabía él algo secreto sobre la muerte de, Omar Torrijos Herrera; daría la orden para fusilar a los alzados del tres de octubre de 1989? Estas y muchas preguntas quedan sin respuestas como también aquel caso conocido como Irangate. Se dijo que Noriega, los barones de la droga de Colombia y una parte de la élite de la seguridad de Estados Unidos, exportaron toneladas de cocaína a territorio norteamericano, con el visto bueno del gobierno. El negocio permitió que con los cientos de millones de dólares se compraran armas a Irán, luego se las daban a la contra nicaragüense que luchaba para derrocar a los sandinistas. Noriega se lleva ese secreto a la tumba.

Tengo muchas interrogantes; anhelaba el día en que lo dejaran libre, para buscar la manera de entrevistarlo. La presión que la narco dictadura ejerció contra mi familia me llevó a sacar del país a mi esposa, recién operada, con Alberto de 14 días, Alejandro de 11 meses, Alfredo de 3 años y a mi suegra. Ella partía con dolor, no tanto por ese auto exilio sino por saber que su esposo se quedaba, para seguir luchando por la justicia, la libertad y la democracia. ¿Cómo se sentiría usted si a su casa llega el jefe del temible G-2, el aparato represor y torturador a preguntarle sobre los planes, para asesinar al comandante, Noriega? Ese día mantuve una actitud serena, pero, conocedor de los cuentos de la cripta de los colgados, los sumergidos, etc., etc., admito que si el hombre se queda más tiempo, cabría la posibilidad de mostrar flaquezas.

Reconozco que mis sufrimientos fueron sicológicos. Por fortuna no corrí la suerte de un Alberto Conte, Miguel Antonio Bernal, Aurelio Barría, para mencionar algunos casos de perseguidos y torturados. Ellos se ensañaron más con mi esposa e hijos. ¿Qué puedo hacer, ahora, como cristiano, frente a la muerte de Noriega? De lo que sí estoy seguro es que el hombre fue afortunado; tuvo todo el tiempo del mundo, para reencontrarse con Dios y en ese silencio profundo, creo, le pidió perdón por los errores cometidos. (El autor es periodista y profesor universitario).

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