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Las armas de la violencia

La producción ‘600 millas’, sobre el tráfico de armas entre Estados Unidos y México, se proyecta en el quinto Festival Internacional de Cine de Panamá.

El director Gabriel Ripstein plantea que pueden existir muchas armas en la calle, pero igual hay una sensación de inseguridad global.

El thriller 600 millas es todo menos genérico, asegura su director, el mexicano Gabriel Ripstein. Aspira a que el espectador no sepa cómo terminará al ver solo el primer minuto de metraje, como ocurre, dice, con mucho del cine industrial proveniente de Hollywood.

600 millas está diseñada para no ser predecible. Esto se logra, comenta Ripstein, gracias a que a lo largo de su argumento se plantea un conflicto complejo y delicado, el tráfico ilícito de armas de fuego entre Estados Unidos y México.

Descarta la posibilidad de que sus personajes sean arquetipos y se esfuerza por alejarse de los estereotipos cuando cuenta la historia entre un debutante traficante de Sinaloa (Kristyan Ferrer) y cómo le sigue los talones un veterano agente (Tim Roth) del Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos.

Con Ripstein estuvo de acuerdo el jurado del Festival Internacional de Cine de Berlín, donde 600 millas obtuvo el premio a la mejor ópera prima.

Le preocupa que el trasiego de armas de la unión americana a México ha colaborado enormemente al aumento de la violencia y ha incidido en la seguridad del Estado mexicano.

De acuerdo con un reporte del periódico español El País en 2015: “cada día entran a México más de 2 mil piezas de armamento ilícito, arsenal suficiente para equipar a uno de cada tres adultos del país”.

“El 80% de las armas que circulan en México es traído de Estados Unidos. En México, la compra y venta de armas es totalmente prohibida, pero es un país que está armado hasta los dientes”, resalta. No adjudica la responsabilidad únicamente a Estados Unidos, aunque sí le preocupa que en ese país sea tan sencillo comprar armas. “Al final, es una responsabilidad compartida entre los dos países”.

Gabriel Ripstein denuncia que es el sistema criminal mexicano el principal cliente de Estados Unidos, a la hora de comprar armas por debajo de la mesa.

Esa “combinación letal” entre estos dos vecinos geográficos le preocupa, pues esto se traduce en miles de muertes violentas cada año en México. En 600 millas, sin ser didáctico, Risptein plantea esta situación.

Le parece una locura que en todas las ciudades de la unión americana cualquiera pueda adquirir un arma de fuego, porque “la segunda enmienda constitucional de Estados Unidos habla del derecho a portar armas”.

De allí que todo ciudadano con una licencia de conducir puede ingresar a una tienda y adquirir su arsenal favorito, resume.

Le parece inválido que en nombre de la defensa personal la gente lleve armas a su casa o a otra parte.

En 2013, el diario The Washington Post criticó en un editorial que algunos estados, principalmente del sur y el medio oeste de Estados Unidos, relajen sus leyes de compras de armas “con la aparente creencia de que el acercamiento del salvaje oeste promociona una ciudadanía más segura”.

Por ejemplo, en Arkansas se permite llevar armas de fuego al lugar de trabajo, y otros nueve estados tienen leyes que favorecen la introducción de armas en lugares como las escuelas.

No le sorprende las “consecuencias terroríficas” que ocurren en Estados Unidos, como las matanzas que se registran tanto en colegios y universidades, como en iglesias y centros comerciales.

Es absurdo, plantea, que existan armas en la calle, pero igual hay una sensación de inseguridad global. “Las acciones que están a favor de portar armas y reducir al mínimo los controles de armamento dicen que para detener esas matanzas en Estados Unidos es que todos estén armados. Eso es retrógrado y me da pánico”.

600 millas la rueda en Arizona, uno de los estados que permite a sus habitantes portar armas visiblemente. “Es muy bizarro caminar por la calle y ver a una señora con una pistola en el cinturón. Es como estar en el siglo XIX”, resalta.

Igual le preocupa que los presupuestos de defensa también vayan en aumento a nivel mundial y que no se correlacione con los fondos para la educación o el deporte. “Pasa porque la inseguridad es un gran negocio, porque en construir armas se emplea mucha gente. Los intereses económicos se ven muy beneficiados con esto. La Guerra Fría fue un motor importante para Estados Unidos, un país que nunca ha dejado de estar en una guerra por el factor económico de las armas”.

Al ser la de las armas una industria tan poderosa, es por eso que los esfuerzos por regulaciones federales más severas no terminan de darse en el Congreso de la unión americana.

De allí que las armas que necesitan para sus guerras generan más ganancias en Estados Unidos que invertir en cultura o salud pública, destaca Gabriel Ripstein.

Unido al tráfico de armas, comenta, por lo general se relaciona el narcotráfico y la trata de blancas. “Entre ellas se da una simbiosis perversa y perfecta.

Estados Unidos consume droga que viene de México. El dinero de esa droga regresa a México, los carteles de drogas necesitan armamentos y eso lo obtienen en Estados Unidos, por el dinero que regresó a Estados Unidos. Es una maquinaria muy bien lubricada, donde también se trafica a personas”.

Sin duda, piensa, debe haber altas figuras, tanto de México como de Estados Unidos, de forma directa o indirecta, participando si se ve con “frialdad la economía, ya que la droga no entra mágicamente de México a Estados Unidos y llega a Wall Street en Nueva York”.

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